3 ene 2018

El primer beso de verdad.

Tengo un montón de nombres en la cabeza.
Sabrina.
Sofía.
Geraldina.
Antonela.
Mercedes.
Julieta.
Antonela.
Sabrina.
Camila.
En el medio hay varios otros que aparecen como atemporales: Marianela, Jessica, la chica Shell, otra Sofía.
Todas ellas son momentos importantes de mi vida, que no sé si puedo ya detallar como antes. Pero me gustaría.
A Sabri la conozco como desde 2do grado, o sea, a los 7 años. Siempre me pareció hermosa en su fortaleza y simpatía. Admiraba esa soltura que tenía para decirte que no quería ir a tu casa porque no tenía ganas. Un hecho trascendental de la primaria: cuando le dijeron que su papá, al que ella nunca conoció, había muerto. Me llamaron al gabinete psicopedagógico para que la acompañara y contuviera, fue la primera vez que vi llorar tanto a esa rubia.
Ya en la adolescencia me gustaba cómo era capaz de ser sexy y varonil al mismo tiempo, la forma en que deslumbraba a los hombres (y a todo el mundo) con su uniforme de colegio privado jugando al fútbol en la República de los Niños. Además de todo eso, éramos un refugio una para la otra. Pasábamos días enteros juntas.
No tengo recuerdo claro de cómo fue el momento previo a nuestro primer encuentro sexual. Mientras escribía esas palabras cayeron las imágenes: organicé un pijama party en casa, lo más llamativo era que había decidido que fuera mixto (por eso varios amigos no pudieron ir, no los dejaban). Al final sólo eramos cuatro: Santi con su novia Ami, y Sabri y yo. Armamos dos colchones en el living y por supuesto la pareja dormía en el mismo, así que nosotras dormimos juntas. Nos acostamos de frente y ya sentía dentro de mi demasiada adrenalina: le dije "No te parece que estamos muy cerca?", y ella me pidió que le diera un beso. Moría de nervios, le dije que no. Que cómo me decía eso. Sabri insistía, es otra de sus cualidades. Así que lo hice, le di un pico y ella abrió un poco la boca buscando más. Se me heló la sangre. Jamás se me había ocurrido que podía pasar eso. Pero no pude frenar el impulso de besarla, y esta vez sí, buscar su lengua con la mía y disfrutar sus labios como tanto había deseado sin notarlo.


Con Sofía es la historia más enroscada y extraña de todas las que viví. La debo haber contado más de un millón de veces y siempre me sorprende de la misma manera.
Cuando tenía 13 años, unas amigas del Colegio me dijeron que tenían un chico para presentarme. "Escucha la misma música que vos, le gusta leer, es sensible". Bueno, dije, y probablemente fui yo quien le envió solicitud por MSN, que era la plataforma de chat por PC del momento. Recuerdo que estaba en el departamento de mi tía, ya que en casa no teníamos computadora todavía, y hablé con Juan toda la noche. Literalmente. No me podía dormir porque quería verlo. De ahí a juntarnos deben haber pasado unos tres días. El punto de encuentro fue la clásica esquina de 8 y 50, en Mc Donald's. Pero me dejó plantada; en realidad, se la pasó mandando mensajes de que estaba llegando, pero jamás apareció. Cuando estábamos por irnos con Sabri, pedimos monedas en la calle para el micro, y se acercó un chico a ofrecernos. Después de que le agradeciéramos, dijo "De nada, Cande" y se fue.
Resultó obvio que era Juan y que ese iba a ser todo su acercamiento. También fue evidente que eso iba a marcar nuestra relación.
Es demasiado difícil contar todo esto, los recuerdos son difusos. Fueron meses de hablar mucho por chat y por teléfono, donde si me quedaba sin crédito él iba y me cargaba para poder estar en contacto igual. No se bien en qué momento nuestra relación se superpuso con otra que, creo, era la oficial en realidad. Un día me dijo que con esa chica estaban cuidando un depto y que podía ir a la mañana si quería. Así que ni bien mamá se fue, a las 6 AM me tomé el 214 en plena noche para verlo. Así fue que conocí a Eugenia.
Madrugadas enteras de manipulación, Juan contándome que iba a matarse, diciéndome que yo no servía para nada, que no sabía pensar, que era una mierda. Lo más loco de todo es no tener ni idea de qué hacía yo en todos esos momentos, además de llorar. Porque los vínculos se construyen de a dos. Siempre habrá una charla pendiente, supongo.














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