Te escribo porque te deseo, porque te quiero, porque aprecio cada cosa mínima de todo eso que sos vos. Ese cuerpo que sos vos, con tus manos, con tus rasgos, con tus piernas, con tu sexo, con tu pelo, con tu olor. Y no puedo evitar poner adjetivos. Cálidas, dulces, atractivas, llamativo, revoltoso, tuyo. Esa personalidad que sos vos, con tu voz avasallante y tierna, con tu fiaca continua, con tu excesiva energía a veces, con tu simpatía sin límites, con tu paciencia con límites, con tu risa mínima, con tu carcajada atronadora. Y tampoco pude despegarme de los adjetivos.
¿Sabés por qué me pasa esto? Porque quiero valorizarte todo el tiempo. Me refiero a que me gustás tan intensamente que busco racionalizarlo, buscar palabras que lo definan, ser lo más exacta posible y, además: saber que vos no te considerás tanto como yo lo hago, me motiva todavía más a explicitarte una y otra vez lo especial que sos.
No conozco a alguien tan dulce como vos en los mínimos gestos. No conozco a alguien tan considerado. No conozco a alguien que sonría con esa picardía cuando sabe que se mandó alguna. No conozco a alguien que sea incapaz de pedir perdón cuando se encapricha. No conozco a alguien que pida perdón por cosas que no le corresponden. No conozco a alguien que me cuide tan exageradamente. No conozco a alguien tan sincero a la hora de decirme qué le gusta y qué no. No sé de UNA persona que me importe tanto y, mucho menos, no sé de alguien a quien yo le importe tanto. Es por eso que te amo: porque como vos no hay dos.