Recuerdo tu piel suave, en la que cuando era chiquita reposaba siempre. Recuerdo cuando me sentía un poroto al lado tuyo, me parecías tan grande, tan grande, que era como si pudieras abarcarlo todo.
Cuando reías, o cuando le exigías al abuelo que me hiciera comida: "Dale, negro! Que la nena tiene hambre!".
De tu casa me quedan muchas cosas, las jarras de jugo de siempre, la comida abundante, el patio lleno de secretos, tu cama -donde me arropabas hasta que me dormía, y más cerca en el tiempo, yo me quedaba hasta que vos te durmieras-. Me acuerdo de mi cumple de quince, con el abuelo bailando como un loco. ¡Ese sí que tiene fuerza! (y siente tu ausencia como nadie).
Uno de los momentos más lindos, de los últimos antes de que pasara todo: Estábamos festejando un un cumple en la casa del tío, y me dijiste "¿Hace mucho que estás enamorada?", con una sonrisa de oreja a oreja que nunca voy a olvidar.
A pesar de no haber sido una nieta muy apegada, te quise y quiero un montón; y todos los recuerdos están grabados en mi memoria. En mi alma.
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