Quienes las utilizan suelen no darse cuenta de su impacto. O sí.
Y uno se queda trabado, releyendo una y otra vez. Escuchando una y otra vez.
¿Escribió eso? ¿Dijo eso? ¿Cómo puede ser?
Y no, a las palabras no se les puede escapar.
Quedan ahí. En los oídos. En los ojos.
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